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Hace unas horas termine de leer “El extraño caso de Dr. Jekill y Mr. Hyde“, novela del Escocés R. L. Stevenson. Era una materia pendiente que saldé en apenas unas horas, ya que es una novela muy breve. La alegoría me gusto y me impulsó a escribir esta entrada sobre la temática que tan exquisitamente aborda Stevenson.

Desde su juventud el Dr. Jekill descubrió la dualidad del alma humana, aquella que en los más hondo de la persona lo hace inclinarse tanto al bien como al mal. Este conflicto interno se vive como un continuo combate, luz y sombra pelean a muerte en el interior de cada hombre. En esta lucha lo que prevalece y emerge en último término no es otra cosa que la identidad del “yo”. Es decir, aquello que el hombre es  en tanto resultado de esas luchas conscientes que se dan entre sus pulsiones,  elecciones racionales, pasiones, instintos, principios, etc.

Pero en la Obra de Stevenson,  el Dr. Jekill nunca lo entendió así, creyó desde el principio que el combate era represivo, y en tanto el hombre fuera una dualidad en pugna, siempre sería un hombre postergado o reprimido en algún aspecto de su ser.  Por eso se aventuró a la búsqueda de una solución. Pensaba que era posible separar esta dualidad y ofrecer a cada “aspecto” del alma la libertad para expresarse. Dedicó todos sus años y esfuerzos a esta causa. Y lo logró. Fue así que nació Mr. Hyde.

La alegoría de Stevenson nos recuerda que más allá del caos que muchas veces nos habita, de la incoherencia o incluso de los pecados o “deslices”, el hombre  siempre será una integridad, no puede evitar esto, aún a pesar de sí vive desintegrado. Uno no puede vivir disociado para siempre, no puede esconderse de uno mismo eternamente, y tarde o temprano nuestra identidad nos alcanza; nos abraza o nos devora.  Jekill lo comprendió demasiado tarde, sus aventuras oscuras fueron autodestructivas no sólo para Jekill, sinto también para Hyde. Sus intentos por esconder a  Hyde fueron vanos (en inglés Hyde se pronuncia igual que “hide”: esconder, ocultar, disimular). Un viejo proverbio dice que al final de la vida no hay jueces, ni juzgado, sino un gran espejo, y es uno mismo el que se redime o se condena. El hombre puede escapar de casi todo, menos de sí mismo.